Nuestros 3 tipos de comportamiento: huida, lucha, asertividad

Las emociones que generalmente llamamos como negativas: ira, miedo y depresión tienen un valor para nuestra supervivencia, al igual que lo tiene el dolor físico que nos salva de quedarnos sin mano cuando tocamos un objeto caliente, esta se aparta automáticamente.

Nuestro sistema nervioso está construido de tal modo que esta reacción se producirá mecánicamente, sin necesidad de reflexión alguna.

Cuando experimentamos una emoción desagradable, se activa nuestra parte instintiva del cerebro y experimentamos modificaciones fisiológicas y químicas encaminadas a preparar a nuestro cuerpo para dar una determinada respuesta de comportamiento.

En el caso de la ira, nos prepara ante una posible amenaza. Cuando no hay posibilidad de huida o de salvarnos de una situación peligrosa mediante la palabra tenemos más probabilidades de sobrevivir si nos defendemos agresivamente.

Cuando tenemos miedo nos preparamos para huir, gracias a que se producen cambios fisicoquímicos en nuestro cuerpo. Tenemos más posibilidades de sobrevivir si huimos de un peligro que no podemos atajar sólo con la palabra. Si de noche, en una calle poco iluminada se nos acerca un maleante con una navaja, el sentimiento de pánico que experimentamos en nuestro pecho, nuestro vientre y nuestros miembros no es cobardía, sino un sentimiento natural de alarma provocado automáticamente por nuestros centros cerebrales para preparar nuestro cuerpo para la huida.

Aunque contemos con una tercera posibilidad humana, además de la agresión y de la huida, hay momentos en que todos nos sentimos presa de la ira, nerviosos o miedosos por más que no queramos reconocerlo. Cuando ocurren desgracias, malestares, problemas… nuestra psicofisiología hereditaria se nos impone, a nuestro pesar, e incurrimos inevitablemente en la ira o en el miedo. En cambio, cuando podemos entablar contacto asertivo con otras personas tenemos una posibilidad de obtener por lo menos en parte lo que deseamos, y es menos probable que surjan automáticamente la ira o el miedo. Si estamos en una situación en la que no estamos en peligro, nuestras reacciones pasivas o agresivas suelen crearnos más problemas que soluciones.

 

De pequeños en cuanto pudimos comprender lo que nuestros padres nos decían, se nos enseñó a sentirnos ansiosos, ignorantes y culpables. Estos sentimientos son simples variaciones condicionadas o aprendidas de nuestra emoción básica de supervivencia, el miedo, y haremos un montón de cosas para evitar esos sentimientos. Se nos adiestra a experimentar esas emociones negativas por dos razones: es un medio sumamente eficaz de controlar nuestra asertividad infantil natural, molesta y a veces explosiva. Al utilizar nuestras emociones para controlar nuestro comportamiento, nuestros padres no se comportan necesariamente con descuido, perezosamente o de manera insensible a nuestros deseos.

  1. Lo que ocurre es que nuestra asertividad infantil tiende a aparecer mezclada como una sola y misma cosa con la tendencia innata y agresiva a reaccionar mediante la lucha, que mostramos cuando nos sentimos frustrados.
  2. En segundo lugar, nuestros padres emplean este método de control psicológico porque nuestros abuelos les enseñaron a ellos a sentirse ansiosos, ignorantes y culpables.

En definitiva, se nos enseñan ideas y creencias acerca de nosotros mismos y de la manera en que se comporta la gente, que suscitan sentimientos de ansiedad, ignorancia y culpabilidad. Cuando hacemos algo bueno nos dicen “buen niño”, cuando hacemos algo malo nos dicen “Qué haces? Sólo los niños malos son tan desordenados y sucios!”. Ello viene a decir: “no eres más que un niño pequeño, indefenso y que apenas sabe nada. He aquí cómo “deberías” sentirte: torpe, nervioso, tal vez asustado y sin duda alguna culpable”.

Al enseñarnos a vincular conceptos emocionalmente cargados como bueno y malo a nuestras menores acciones, los papás pretenden negar que tengan la menor responsabilidad en el hecho de obligarnos a hacer lo que ellos quieren que hagamos, como, por ejemplo, proceder a la limpieza de nuestro cuarto. El efecto que obra en el niño el empleo de ciertos conceptos cargados como bueno, malo, bien hecho, mal hecho, para controlar lo que hace viene a ser lo mismo que si sus padres le dijeran: “No me pongas mala cara. No somos nosotros quienes quieren que ordenes tu cuarto. Es un poder superior quien lo quiere.” Al emplear calificaciones de bueno o malo para controlar nuestro comportamiento, los papás se lavan las manos de toda responsabilidad por el hecho de obligarnos a hacer algo. Mediante declaraciones externas sobre lo que está bien y lo que no está bien, declaraciones que nada tienen que ver con nuestra interacción con ellos, nuestros padres achacan la culpa de la incomodidad que representa para nosotros tener que hacer lo que ellos quieren, a cierta autoridad externa que fue la que instituyó las normas que “debemos” acatar.

En cambio, cuando los padres asumen de manera asertiva que son ellos y nadie más que ellos la autoridad acerca de lo que su hijo puede o no puede hacer, enseñan al mismo tiempo el concepto asertivo de que cuando uno sea mayor no sólo podrá hacer lo que quiera, exactamente como papá y mamá, sino que deberá también hacer cosas que no le interesarán, para poder hacer otras cosas que le interesen, exactamente como papá y mamá. Más de una vez, las personas que nos aman y a las que amamos nos tratarán a palos, porque son humanos. Pueden amarnos y preocuparse por nosotros y sin embargo irritarse contra nosotros.

Si tratamos de manipular y contramanipular al otro y entramos en el juego de hacer sentir culpable al otro, nos sentiremos frustrados, irritados y ansiosos, pese a todos nuestros esfuerzos por evitar esos sentimientos. El resultado final de ese conflicto interno no resuelto entre nuestros deseos naturales y nuestras creencias y hábitos adquiridos en la infancia, nos ofrece varias posibilidades nada atractivas por cierto:

  1. Primero, podemos hacer lo que quieren los demás, sentirnos frustrados muy a menudo, caer en la depresión, apartarnos de la gente, y perder todo respeto de nosotros mismos.
  2. Segundo, podemos hacer lo que nos da la gana, con ira, enajenarnos las simpatías de los demás y perder todo respeto de nosotros mismos.
  3. Tercero, podemos esquivar el conflicto huyendo de él y de quienes nos lo plantean, con lo cual perderemos igualmente todo respeto de nosotros mismos.

Lo primero que debemos hacer en el proceso de llegar a mostrarnos asertivos, es darnos cuenta de que NADIE PUEDE MANIPULAR NUESTRAS EMOCIONES NI NUESTRO COMPORTAMIENTO SI NOSOTROS NO LO PERMITIMOS. Este es nuestro principal y primer derecho asertivo en el cual se edifica toda nuestra asertividad y el resto de derechos asertivos.

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