Nuestro Primer Derecho Asertivo

Nuestros derechos asertivos individuales constituyen la estructura sobre la cual edificamos nuestras conexiones positivas entre las personas, tales como la confianza, la comprensión, el afecto, la intimidad y el amor. Ser asertivo significa confiar en uno mismo y en sus capacidades: Sea lo que sea lo que me ocurre, sé que puedo con ello.

El derecho asertivo primordial del que se derivan todos los derechos asertivos es: nuestro derecho a juzgar en última instancia todo lo que somos y todo lo que hacemos.

  1. Tenemos derecho a juzgar nuestro propio comportamiento, nuestros pensamientos y nuestras emociones, y a tomar la responsabilidad de su iniciación y de sus consecuencias

Esto nos otorga a cada uno de nosotros un control tan grande de nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras acciones que nos da la oportunidad de llevar sobre nuestros hombros la responsabilidad de nuestra propia existencia y despojamos de esa responsabilidad a los demás. Para aquellas personas que temen lo que los demás pueden hacer, nuestra independencia respecto a su influencia resulta algo muy trastornador, como mínimo. Las personas que se sienten trastornadas e inquietas a causa de nuestra independencia consideran que los seres humanos con quienes ellas se relacionan deben estar controladas, porque ellas mismas son impotentes. Este sentimiento de indefensión es un resultado de su fracaso, debido al empleo de actitudes, creencias y comportamientos no asertivos en sus intentos de enfrentarse a los demás.

Hay tres tipos de categorías en las que podemos clasificar nuestras relaciones: 1) relaciones comerciales o formales; 2) relaciones de autoridad; 3) relaciones de igualdad. Toda estructura o juego de normas, en toda interacción entre dos personas, son arbitrarios. Si cabe trazar un plan determinado de cómo funcionarán las cosas, generalmente podremos encontrar otra media docena de maneras de obrar que producirán poco más o menos el mismo resultado. Somos nosotros mismos quienes nos ponemos las normas y reglas de cómo funcionarán nuestras relaciones.

Primera Categoría

En la primera categoría las relaciones comerciales son las que llevan impuesta la mayor parte de su estructura antes incluso de que se inicie la interacción.

Segunda Categoría

En esta categoría que incluye las relaciones con alguna clase de figura autoritaria, sólo en parte está estructurada de antemano. No todo el comportamiento de las personas que intervienen en esta clase de relación está cubieto por unas normas establecidas en acuerdo mutuo.

Realmente, me gusta hablarte de mis problemas. No formulas juicio alguno sobre mis amigos. No los discutes ni tratas de decirme lo que debo hacer. Te limitas a escucharme y a dejarme que alivie lo que llevo en el pecho. De veras te lo agradezco.

Tercera Categoría

En la tercera categoría de relaciones entre iguales no existe una estructura inicial impuesta de antemano a ninguna de las dos personas, que determine su comportamiento. Toda estructura se va elaborando a medida que la relación progresa, a través de una serie de compromisos en acción. Esos compromisos acordados mutuamente (estructura) son prácticos; posibilitan llevar adelante el negocio de la relación sin necesidad de entrar cada día en negociaciones acerca de quién debe hacer qué y cuándo debe hacerlo. “No es indispensable que los compromisos sean justos para ser útiles. Lo único indispensable es que funcionen, que sean eficaces. ¿Dónde has leído que la vida es justa? ¿De dónde has sacado una idea tan descabellada? Si la vida fuese justa, tú y yo nos dedicaríamos por turno a visitar el pacífico sur, el caribe y la Riviera francesa, y en cambio, como puedes ver, ahí estamos, en esa cochina clase, tratando de aprender a ser asertivos.” Son relaciones en las que gozamos de la máxima libertad para tratar de obtener lo que deseamos, pero en las que tenemos más probabilidades de resultar heridos. En los matrimonios eficaces entre iguales es preciso una estructura de compromiso que requiere de una comunicación mutua frecuente acerca de lo que cada uno de ellos desea y es capaz de darle al otro. No hay ningún temor a parecer raro o egoísta a sus propios ojos, o a violar quién sabe qué secreto conjunto de normas acerca de cómo deberían comportarse los maridos y las mujeres. Con esta capacidad asertiva por compartir, las dos partes elaboran un mínimo de compromisos viables y que pueden volver a negociarse acerca de su comportamiento mutuo, manteniendo así la estructura de su matrimonio lo bastante flexible, dentro de lo humanamente posible, como para poder enfrentarse a los verdaderos problemas de la vida y no con problemas de tipo manipulativo que sólo pueden conducir a la propia frustración.

Si cualquiera de nosotros tuviera que formular con palabras la creencia primaria infantil que se nos imbuyó y que hace posible la manipulación, tal vez cada uno lo expresaría con palabras o frases diferentes, pero el significado sería poco más o menos el siguiente:

No debemos formular juicios independientes acerca de nosotros mismos y de nuestras acciones. Debemos ser juzgados por unas normas externas, según determinados procedimientos, y por una autoridad más capaz y más grande que nosotros.

Básicamente la manipulación es todo comportamiento dictado por esta creencia. Somos objeto de una manipulación siempre que alguien reduce por el medio que sea, nuestra capacidad para juzgar nuestras acciones. Esas normas y esa autoridad externas a las que hace referencia esa creencia tienen profundas repercusiones en cuanto al control y la reglamentación de cuanto hacemos, sentimos y pensamos.

El derecho a ser nuestro propio juez decisivo es el derecho asertivo primario que impide que los demás nos manipulen. Cuando somos nuestros propios jueces, aprendemos a establecer de manera independiente nuestros propios métodos para juzgar nuestro comportamiento. Los juicios que formulamos como resultado de los ensayos y los errores que constituyen nuestra experiencia personal, más que un sistema de cosas buenas y cosas malas constituyen un sistema basado en eso me va, o eso no me va. Nuestros juicios independientes son un sistema flexible de me gusta o no me gusta, y no un sistema de debo o no debo, o de debes o no debes hacer tal y tal cosa. El juicio particular que cada uno de nosotros formula acerca de sí mismo puede no ser sistemático, lógico, consistente, permanente y ni siquiera juicioso o razonable a los ojos de los demás. Pero nuestros juicios, sin embargo, se ajustarían perfectamente a nuestra personalidad y a nuestro estilo de vida.

Para muchos de nosotros, la perspectiva de tener que juzgarnos a nosotros mismos puede ser terrorífica. Ser nuestros propios jueces, sin normas arbitrarias, es como viajar por un país desconocido y nuevo sin ninguna guía turística que nos indique qué es lo que debemos visitar, o, lo que es peor aún, sin un mapa que nos indique cómo podemos llegar allá. Tener que establecer nuestras propias normas de vida sobre la marcha no es tarea fácil, pero frente a las alternativas de frustración, agresión y huida que resultan cuando permitimos que otros manipulen nuestros sentimientos, ¿qué otra solución podemos elegir? No tenemos más remedio que basarnos en nuestro propio juicio, porque la vedad es que sólo nosotros somos responsables de nosotros mismos.

No podemos rehuir nuestra responsabilidad por la forma en que vivimos nuestra vida, alegando razones pretendidamente racionales para demostrar que se nos ha obligado a hacer tal cosa o tal otra. Se trata e nuestra vida, y lo que en ella ocurra a nosotros nos incumbe, y a nadie más.

La moral es un sistema de normas arbitrarias que la gente adopta para juzgar su propio comportamiento y el de los demás. La forma en que adoptamos y empleamos los sistemas morales es muy parecida a la forma en que nos prepararíamos para regresar de las montañas si nuestro guía, de pie seguro e infalibre, huiese tropezado con un tronco caído y se hubiese roto el pescuezo. Cada uno de nosotros se vería enfrentado a la difícil tarea de encontrar el camino de vuelta a casa y la terrorífica posibilidad de no llegar a encontrar jamás ese camino. No existe ningún modelo de comportamiento bueno o malo, de manera absoluta; ni siquiera existe ningún modo técnicamente correcto de ocmportarse. Sólo hay los modos personales de comportarnos que cada uno de nosotros elige para sí, y que enriquecen o amargan nuestra existencia.

Los sistemas legales son normas arbitrarias que la sociedad ha adoptado para prever unas consecuencias negativas para toda clase de comportamiento que esa misma sociedad desea eliminar. Muchos de nosotros confundimos los sistemas del bien y del mal con los códigos legales. La mayoría de los legisladores, jueces y juristas sufren la misma confusión acerca de lo que está bien y lo que está mal. Cuando se emplean sistemas basados en los conceptos de bien y mal, se provocan como consecuencia sentimientos de culpabilidad. Cuando se emplean las leyes para provocar sentimientos de culpa, esas leyes, o los que las aplican, violan nuestro derecho asertivo humano a ser los jueces definitivos de nuestras propias emociones.

Así que ya sabes, coge las riendas de tu vida y sé tu propio juez. Cuando seas consciente de que tú y sólo tú eres responsable y creador de tu vida, comenzará el verdadero cambio! Ánimo y suerte!!

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1 respuesta

  1. Nicolas Figueroa Viteri dice:

    Si es verdad, sólo yo juzgo lo que estoy viviendo pero suelo no ser muy estricto XD+

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